La
deificación de la materia, lo que alcanza a percibir físicamente el ojo
humano —objetivamente— es lo que obtuvo reconocimiento por siglos hasta
la abstracción geométrica en el arte, la cual fue introducida a
principios del siglo XX por Piet Mondrian y el movimiento De Stijl.
Este produjo una revolución estética y teológica que restituyó el lugar
del alma y la espiritualidad en las artes visuales. Esta revolución no
solo produjo un arte más puro y espiritual —no objetivo— sino que
demostró que la emoción —no solo el intelecto— podían comunicarse en un
plano no representacional.
Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, el fin del dominio
de la representación del mundo natural externo —en favor de la
comunicación de un mundo interno puro mediante la línea, las formas y
los colores primarios— ha sido explicado por los historiadores con base
en la sociología y la antropología como un fruto colateral de profundos
cambios paradigmáticos subyacentes en la política, la religión, la
ciencia y la cultura global.
Desde el renacimiento hasta mediados del siglo XIX, la convergencia
entre ciencia y arte fomentó una representación figurativa
—indistintamente de la temática elegida— progresivamente más cercana a
la realidad externa natural y alejada de la espiritualidad. No obstante,
la figuración se convirtió en la tradición artística dominante en el
mundo occidental secularizado.
El pintor figurativo francés Gustave Courbet —en su Manifiesto Realista
de 1851— declaró que la pintura «no puede consistir más que en la
representación de las cosas reales y existentes: un objeto abstracto, no
visible ni existente, no pertenece al campo de la pintura». Para su
época, Courbet no era un artista conservador, todo lo contrario. Se
opuso a los salones oficiales, al academicismo y al romanticismo. De
hecho, consideraba que su expresión realista y naturalista era una
respuesta provocadora al «arte por el arte» dominado por el
sentimentalismo y el ideal de belleza en que se había encasillado la
figuración tradicional.
Sin embargo en 1852, su coterráneo —también realista— Gustave
Flaubert declaró premonitoriamente que «la belleza se convertirá quizás
en un sentimiento inútil para la humanidad y el arte será algo que se
situará a mitad del camino entre el álgebra y la música». Flaubert fue
capaz de intuir la emergencia de un sistema que priorizaría el orden
conceptual sobre la percepción de la belleza siguiendo leyes paralelas a
las de la naturaleza y no como a una imagen de esta.
Su exposición a la pintura preimpresionista del paisajista inglés
Joseph Mallord William Turner (1775-1851) contribuyó a afirmar su
premonición. Turner fue calificado de delirante por sus compatriotas por
su uso de la luz y de las zonas de color; como evidencia su óleo de
gran formato Sombra y oscuridad. La noche del Diluvio de 1843, inspirada en la obra Teoría de los colores
del escritor romántico Goethe. La pintura celebra el pacto de Dios
tras el diluvio universal escrito más tarde por Moisés. En medio de las
dos zonas de color casi abstractas se evoca una serpiente en el centro
que representa la serpiente de bronce levantada por Moisés en el
desierto como cura para una plaga. La misma simboliza la redención que
hace Dios del hombre en su nuevo pacto. No estamos, sin embargo, ante
una pintura religiosa, ya que Turner enfatiza la transitoriedad de los
fenómenos naturales ante la emergente luz del sol que retorna
debilitando el optimismo del mensaje religioso.
Como en todo ciclo de vida, la pintura figurativa tradicional terminó
respondiendo en su fase decadente a una sociedad secularizada,
enamorada de la promesa de bienestar material del capitalismo, y el
progreso tecnológico y científico humano, mientras en los márgenes
emergían artistas y movimientos divergentes que aceleradamente
establecerán un nuevo orden estético y espiritual opuesto al caos y el
capitalismo a principios del siglo XX.
Los movimientos que emergieron posteriormente como el impresionismo,
el puntillismo y el fauvismo navegaron a través de las formas y el color
experimentando con base en técnicas y conceptos, algunas provenientes
del progreso científico, que los alejaron gradualmente de la objetividad
figurativa. En su lugar, coincidieron en que la percepción de la
realidad o la imagen de la naturaleza impedía penetrar la realidad
íntima de ésta.
Ruta a la abstracción
Pero es hasta la emergencia del cubismo con Georges Braque y Pablo
Picasso en 1907 que se da la ruptura definitiva con el último principio
renacentista: la perspectiva. Al abordar las formas de la naturaleza por
medio de figuras geométricas —fragmentando líneas y superficies— el
cubismo se convierte en la primera vanguardia artística del nuevo siglo.
Su implementación de una «perspectiva múltiple» que permite la
representación de todas las partes de un objeto en un mismo plano sin
compromiso alguno con apariencia de las cosas sino con lo que se sabe de
ellas allana el camino a la abstracción tanto lírica como geométrica.
La mayoría de los especialistas en arte han aceptado que el artista
ruso, Vassily Kandinsky es el precursor del arte abstracto lírico por
una acuarela sin título realizada en 1910, que no tiene ninguna
referencia figurativa, ni alusión a la realidad externa. En palabras de
Kandinsky, esta obra tuvo su génesis en sus investigaciones de los dos
años anteriores.
Volvía de mis bosquejos, enfrascado en mis pensamientos, cuando, al
abrir la puerta del estudio, me vi de pronto ante un cuadro de belleza
indescriptible e incandescente. Perplejo me detuve mirándolo. El cuadro
carecía de todo tema, no descubría objeto alguno identificable y estaba
totalmente compuesto de brillantes manchas de color. Finalmente, me
acerqué más y solo entonces reconocí lo que aquello era realmente: mi
propio cuadro puesto de lado sobre el caballete… Una cosa se me hizo
manifiesta: que la objetividad, la descripción de los objetos, no era
necesaria en mis pinturas y, en realidad, las perjudicaba.
En lo que ciertamente no hay acuerdo es sobre cuál fue la primera
obra abstracto-geométrica que surgió hacia 1911 como consecuencia de la
ruptura herética de artistas impacientes por llevar el cubismo a sus
últimas consecuencias.
Polos de desarrollo
El cubismo fue la puerta para la abstracción geométrica en tres polos
geográficos diferentes: Francia, Rusia y Holanda. En la capital
francesa, el checo Frantisek Kupka y el francés Robert Delaunay
—miembros del grupo «Sección aurea»— investigaban con base en la teoría
matemática del número áureo que se originó en el Renacimiento.
La sección o razón aurea sostiene que el cociente entre la altura del
hombre (lado del cuadrado) y la distancia del ombligo a la punta de la
mano (radio de la circunferencia) es el número áureo.
Frantisek Kupka y Robert Delaunay, entre otros, buscaban la relación
entre «el número y la medida» para una teoría de la armonía en su
pintura. A finales de 1911, el primero realizó una serie de estudios
abstractos para una obra que se titula Fuga aludiendo a la música en su aspecto matemático.
Por su parte, el segundo —quien estaba familiarizado con la práctica
cubista de la multiplicidad de perspectivas sobre un objeto para la
composición pictórica, pero no estaba interesado en las matemáticas como
Kupka— estaba convencido de que daría mayor rendimiento imaginando una
serie de movimientos continuos e imprevisibles tanto del objeto como del
espacio, del artista y el espectador.
La primera obra abstracta de Delaunay en esta tónica fue Disco simultáneo
realizada en 1912. Esta representación de un círculo dividido en
anillos concéntricos, subdivididos en cuatro partes o sectores con
colores diferentes para crear la ilusión óptica de movimiento recuerda
la investigación realizada, entre otros, por Georges Seurat a finales
del siglo XIX.
Paralelamente, en el segundo polo geográfico: Rusia, el cubismo
también fue un factor liberador para los artistas antes de la primera
guerra mundial. Obras seminales en la abstracción moderna
correspondientes a Cézanne, Gauguin, Matisse y Picasso eran parte de
sendas colecciones de arte.
Entre 1911 y 1912, Kazimir Malévich fue el primero en apartarse
definitivamente de la figuración para dirigirse a lo que describió
posteriormente como «un mundo sin objetos». Tratando de liberar el plano
del peso del objeto se refugió en el cuadrado a partir de 1913 y así
surgió el suprematismo que, según Malévich, consistía en «expresar el
poder de lo estético a través de la economía esencial de la superficie».
Con el advenimiento de la revolución soviética en 1917 —que tantos
escritores como artistas apoyaron— se dio el florecimiento de la
abstracción geométrica al punto de que artistas como Kandinsky, Chagall y
el propio Malévich fueron nombrados en cargos públicos del primer
gobierno de Lenin. Sin embargo, a pesar de la ebullición artística del
período, las discusiones evidenciaron profundas diferencias. Malévich
sostenía que su movimiento era:
Independiente de cualquier tendencia social o materialista,
cualquiera que sea… Ya es hora de reconocer, por fin, que los problemas
del arte y los del estómago y del sentido común están muy alejados unos
de otros.
En oposición, el movimiento constructivista liderado por Vladimir
Tatlin —originalmente conformado por artistas abstractos— pugnaba por la
liquidación del arte, por considerarlo un esteticismo burgués del
pasado capitalista. En su lugar, llamó a los artistas a ser útiles a la
sociedad laborando en publicidad, tipografía, arquitectura y diseño
industrial. Artistas abstractos como Naum Gabo abandonaron las filas del
constructivismo que luego se transformaría en realismo socialista,
afirmando que:
El arte —por poseer un valor absoluto— siempre tendrá vida como una
de las expresiones indispensables de la experiencia humana y como un
importante medio de comunicación independiente del tipo de sociedad, sea
esta capitalista, socialista o comunista.
Con la emergencia del estalinismo se inicia la persecución de los
artistas abstractos, muchos de los cuales deben emigrar a partir de
1922. Ese año partieron Kandinsky, Chagall y Gabo. Los que se quedaron,
como Malévich, terminaron en la oscuridad y la pobreza, haciendo oficios
técnicos, en la cárcel o suicidándose.
El tercer polo geográfico en el desarrollo de la abstracción
geométrica se desarrolló en los Países Bajos —que se declararon
neutrales durante la Primera Guerra Mundial. La figura central de este
grupo fue el pintor, teórico y teósofo holandés Piet Mondrian
(1872-1944).
La concepción neoplástica de la belleza de Mondrian —basada en la
superficie, en la estructura y en la composición del color y de las
líneas— estableció un estilo innovador que trató de borrar las
arbitrarias divisiones entre disciplinas creadas por el arte académico y
rompe los límites tradicionales del espacio pictórico.
Para examinar y afirmar su contribución al desarrollo de la
abstracción geométrica, el Museo Reina Sofía y el Stichting Kunsmuseum
den Haag muestran en Madrid, España —por poco más de tres meses— una
sólida retrospectiva sobre la obra de Mondrian y los artistas el
movimiento De Stijl, junto al cual Mondrian revolucionó la cultura visual tras la Primera Guerra Mundial.
La presente crítica sopesa el legado de Mondrian y De Stijl
en el contexto de la modernidad, no solo como un pionero de la
abstracción geométrica, sino como responsable de la concepción de un
estilo artístico enfocado en el rescate del alma y su inherente
espiritualidad en respuesta a un entorno materialista, caótico y
autoritario.
Disrupción de la tradición
Piet Mondrian nació en 1872 en Amersfoort, Holanda, en un hogar
estrictamente calvinista donde fue estimulado tempranamente por su padre
y un tío a dibujar y pintar. Siguió la tradición pictórica del realismo
del siglo XVII, basado en un canon de belleza estático y perpetuo hasta
que se muda a la capital de los Países Bajos.
De acuerdo con el biógrafo Hans Janssen —curador de la retrospectiva
en el Museo Reina Sofía— cuando Mondrian se establece en Ámsterdam a los
18 años para estudiar y trabajar es influenciado por la espiral de
rápidos cambios sociales y económicos en su entorno al punto de empezar a
cuestionar la verdad de las cosas.
En palabras de Janssen, «Él se fascina con la tecnología y el cambio» (Piet Mondrian: A new art for a life unknown,
2017) Más adelante describe a Mondrian como una persona de rasgos
finos, ojos cafés que miran con seriedad y cautela y un reticente
entrecejo que le da un aire de calmada dignidad. «Sus ojos eran su rasgo
más llamativo: abiertos al mundo, cuestionadores, curiosos y llenos de
determinación», explica el biógrafo holandés.
En los primeros años en Ámsterdam se sumerge en la tradición,
pintando paisajes en la cercanía de los ríos, representando horizontes
altos, con poca profundidad y empleando colores planos en atmosferas en
las que se respira un silencio inquietante.
La trayectoria artística de Mondrian tiene mucho en común con los
artistas de la primera vanguardia: naturalismo, impresionismo, Art
Nouveau, vangoghismo, fauvismo y cubismo.
En la primera sala de la muestra en el Museo Reina Sofía al observar
sus primeras obras —que van de 1900 a 1911— no nos hallamos ante un
pintor dotado naturalmente para la pintura. Los cuadros revelan más su
competencia técnica que una fuerte expresión personal. En 1892, cuando
empezó a pintar como profesional, los bodegones y el paisaje holandés
dominaron su imaginería por casi dos décadas.
Naturaleza muerta con naranjas —un óleo de 1900— es un
ejemplo de su obra de concepto naturalista y simbolista donde va sumando
gradualmente influencias artísticas foráneas. Por otra parte, su obra Tarde en el Weesperzijde —realizada entre 1901 y 1902— evidencia en la misma tónica su pericia y cambio gradual.
El contexto cultural en que Mondrian produce estas obras es el objeto
de la segunda sala, donde se destaca la sensibilidad dominante en
Holanda hacia la función social del arte plasmada en la innovadora
arquitectura de principios de siglo XX, que se articula mediante la
participación de colectivos que incluyen pintores, escultores, poetas y
escritores. En esa vena se destaca, entre otros, la influencia del
arquitecto Hendrik Petrus Berlage quien diseñó y completó, entre 1886 y
1903, la Bolsa de Valores de la metrópoli holandesa. Su estilo sobrio en
construcciones a base de ladrillos impone un nuevo canon caracterizado
por el color, la higiene y la austeridad ornamental. La arquitectura,
considerada la madre de todas las artes en el entorno holandés, comparte
la misión casi sagrada de dar forma a la vida creando consciencia del
espacio mediante el color y un sencillo e higiénico diseño.
La respuesta del joven Mondrian al acelerado progreso urbanístico y
social holandés fue ambivalente. Por un lado, apreciaba la libertad que
le brindaba vivir en una metrópoli —con sus rápidas innovaciones—, pero
sin rechazar totalmente el progreso investiga como el mundo puede ser
mejorado mediante el arte.
Noche de verano —realizado entre 1906 y 1907— representa un
entorno despojado del ritmo ajetreado de la ciudad. Pero como en un
crisol, las corrientes europeas emergentes que dan preeminencia al color
y la expresión influyen en él y lo llevan a una revisión como muestra
su óleo Bosque cerca de Oele de 1908 que incluye en su primera
muestra retrospectiva en el Museo Stedelijk de Amsterdam realizada al
año siguiente. Esta muestra resume en cuatro salas su proceso plástico
que, como veremos más adelante, es más bien un proceso progresivo de
eliminación.
Entorno y libertad
Ya está sembrada en su ecléctica indagatoria la búsqueda de «la
belleza universal» al margen de la representación natural bajo nuevos
estándares estéticos y éticos. Cómo muchos modernistas, Mondrian rechaza
el materialismo de su época e investiga en distintas corrientes
filosóficas para crear un puente entre su fe cristiana y la
espiritualidad que el arte puede devolver a la sociedad. Por ello, se
une a la Sociedad Teosófica en 1909 (otros pioneros de la abstracción
como Wassily Kandinsky, Frantisek Kupka, y Kazimir Malévich también
fueron miembros). Es una doctrina ocultista que mezcla elementos de las
religiones occidentales y orientales en busca de una fraternidad
universal. Esta corriente sostenía que las formas geométricas pueden
simbolizar diferentes estadios de la evolución espiritual; su sistema
visual de signos atrajo a Mondrian.
Mondrian cierra esta etapa formativa en 1911, cuando recorre en la
capital holandesa una exposición de obras cubistas de Picasso y Braque.
El introvertido pintor queda tan impresionado que decide dejar todo y
viajar a París a estudiar el nuevo movimiento. En los siguientes dos
años revoluciona su técnica y concepto plástico. Su personalidad
introvertida pasa inadvertida en la gran metrópoli, por lo que no se
siente extraño.
Asiste con frecuencia a espectáculos teatrales con escenografías creadas
por el pintor Fernand Léger, cuyo estilo cubista destaca por sus
colores primarios brillantes. También es testigo de las coreografías
innovadoras del bailarín sueco Jean Borlin, que combina influencias
primitivistas y cubismo. Pero también está presente cuando la bailarina
Josephine Baker introduce su «danza salvaje» y se inicia en el jazz y
el baile de época. En una carta a van Doesburg recuerda que:
En Paris, rápidamente dominé el Foxtrot, el Shimmy y el One Step. Al
principio con el Shimmy el movimiento de talón a punta fue un tanto
complicado. Ahora mis pies encuentran forma de sortearlo.
Mondrian tuvo algunas novias, pero nunca se casó, más tarde explicó
que cuando era joven era demasiado pobre y cuando era viejo nunca
encontró la mujer correcta.
Su estilo abstracto emerge consistente, pero gradualmente a partir de
su adopción del cubismo y el influyente ambiente artístico parisino.
Son notables, como evidencia de su rompimiento paradigmático con
respecto a su obra anterior a París, las dos versiones de su bodegón al
óleo Naturaleza muerta con un vaso de jengibre pintadas entre 1911 y 1912.
En la primera, reproduce la semejanza de los objetos, mientras que,
en la segunda, los traduce a signos de manera que, por ejemplo, un
cuchillo sobre una servilleta blanca se convierte en una superficie
blanca atravesada por una diagonal.
Mondrian carece de la fuerza de Braque y Picasso, pero cuando produce en 1913 su Composición No. II,
la primera en su género en satisfacer al artista, recibe el
reconocimiento del poeta Guillermo Apollinaire que declaró: «Mondrian
desciende de los cubistas, pero no los imita. Su personalidad permanece
enteramente en sí mismo».
Sobre esta fase Mondrian escribió:
En el arte plástico, la realidad sólo puede expresarse a través del
equilibrio del movimiento dinámico de la forma y el color, y los medios
puros (libres de funcionalidades representativas) ofrecen la forma más
eficaz de conseguirlo.
El proceso mediante el cual hace sus descubrimientos abstractos no es
estrictamente un proceso creativo que resulta en una síntesis de
elementos, sino más bien un proceso de naturaleza empírica —como ha
demostrado el crítico de arte Mario de Micheli— ya que quita o depura
progresivamente al objeto despojándolo de su individualidad, de sus
particularidades hasta reducirlo a un esqueleto, estilización o línea.
Es fácil seguir este proceso empírico a través de su serie de óleos
monotemáticos sobre el árbol desarrollada entre 1908 y 1913. El árbol a
través de una sucesión cronológica y estilística pasa de una fase
naturalista a una fase modernista y de esta a una etapa fauvista, de la
etapa fauvista a la cubista y, finalmente, a la etapa cubista-abstracta.
En una carta al crítico holandés H. P. Bremmer, niega que su obra sea
ambigua y afirma que esta solo es deudora de la verdad del color y la
línea guiados por la intuición.
Promesa de Stijl
Mondrian acepta la invitación de Bremmer para exhibir en una
colectiva en La Haya en 1914, pero poco después estalla la Primera
Guerra Mundial y ya no puede regresar a París. Debido a la neutralidad
de su país nativo permanece allí experimentando, principalmente con
dibujos sobre papel donde continúa depurando su obra con base en la
línea y el color. Desarrolla un lenguaje plástico, sencillo y
estructurado, a partir de la relación rítmica y lúdica entre ambos,
creando una nueva forma de plasticidad o de espacio.
En este período, Mondrian es parte de los múltiples esfuerzos, no
articulados, por depurar el arte. Artistas coetáneos como Bart van der
Leck, Gerrit Rietveld, Vilmos Huszar y Georges Vantongerloo coinciden en
la misma búsqueda de un nuevo arte totalmente abstracto que apelara
directamente a la emoción. Pero estos aportes no son catalizados hasta
que Mondrian y el pintor y crítico, Theo van Doesburg se conocen en 1915
y aúnan fuerzas para lanzar dos años después la revista De Stijl (El Estilo) en la ciudad de Leyden.
Mondrian era introvertido y no establecía amistades con facilidad,
mientras Doesburg era del tipo comunicativo y extravagante, por lo que
resulta ideal para viajar internacionalmente como embajador del nuevo
paradigma plástico que busca crear «un mundo de total armonía, y
unificar el arte y la vida». Sus personalidades, tan opuestas,
eventualmente chocan en distintas oportunidades hasta el punto del
rompimiento.
Tres salas en la exhibición del Museo Reina Sofía son dedicadas a la
revista, los artistas y el movimiento que abanderó internacionalmente.
Doesburg fue el organizador e incansable propagandista del movimiento,
si bien Mondrian fue su primer e indiscutible teórico. La revista
resumió su objetivo programático en un sencillo prefacio: «El fin de la
naturaleza es el hombre; el fin del hombre es el estilo» (1919).
Entre 1918 y 1921, De Stijl formuló tres manifiestos que
sostenían una tesis principal: el individualismo en el arte como en la
vida, es la causa de toda ruina y desviación del gusto; es necesario
oponerle la serena claridad del espíritu, que es la única que puede
crear el equilibrio entre «lo universal y lo individual».
En sus manifiestos De Stijl coincide con otros movimientos
de vanguardia en la identificación del arte con la vida, pero Mondrian
como teórico principal no concibe la vida como los dadaístas: activa,
impetuosa, temporal, comprometedora. Para Mondrian, como también para
Kandinsky y Malévich, la vida es pura actividad interior.
No obstante, la preocupación primordial de Mondrian es limpiar el
arte de los componentes de la realidad objetiva. Por eso, desde 1918,
limita su vocabulario geométrico a la línea recta y al ángulo recto —es
decir a la horizontal y la vertical— y a los tres colores primarios
—azul, amarillo y rojo— con los tres no colores: blanco, gris y negro.
A partir de entonces, sus obras se caracterizan por contener solo
rectángulos de colores puros que evocan una sensación de armonía basadas
en los principios de la música y las matemáticas.
Todo lo que vio y experimentó fue definiendo progresivamente un
universo plástico diferente empezando por su propio estudio en la Rue du
Départ, 26, en el vecindario de Montparnasse donde vivió entre 1921 y
1938, antes de partir al exilio.
No obstante, su estudio en la capital francesa reflejaba su universo
conceptual. En una reconstrucción realizada en el 2014 —por el Museo
Moderno Tate en Londres— se puede observar claramente como pintó las
paredes de colores primarios brillantes como si se tratara de telas
divididas en largos bloques de blanco, usando gruesas líneas negras; una
versión tridimensional de lo que estaba pintando en ese tiempo.
El estudio de Mondrian se convirtió en un destino obligado para
artistas y admiradores como Marcel Duchamp, Jean Arp, Diego Rivera,
Sonia Delaunay y Laszlo Moholy-Nagy, al igual que de la coleccionista
Peggy Guggenheim y el marchante Sídney Denis. Sin embargo, Mondrian solo
atendía previa cita por escrito.
Para este riguroso enfoque plástico, Mondrian encontró eco en la
teosofía y en la filosofía de Baruch Spinoza que pretendía demostrar una
ética humana con base en un método racional y geométrico que excluyera
completamente la arbitrariedad.
No menos importante, fue el pensamiento del matemático y teósofo M.
H. J. Schoenmaekers, con quien Mondrian se relacionó en 1917, y
coincidió con la finalidad de la abstracción geométrica de «penetrar en
la naturaleza de tal modo que se nos revele la construcción interna de
la realidad».
Diversidad y conflicto
A pesar de su intencionalidad rigurosamente racional, el movimiento
fue diverso en sus formas de expresión desde sus inicios como revela la
obra en exhibición Composición 1917, No. 2 (Carro de perro) de Bart van der Leck.
De Stijl tenía como fortaleza y, a la vez debilidad, el
operar como una especie de taller internacional por correspondencia.
Pocas veces interactuaban presencialmente; la experimentación y la
diversidad eran recurrentes y las líneas que separaban las disciplinas
borrosas. Ciertamente, coincidían en que el principio del arte era solo
la verdad interior que obligaba a que la obra no resultara de la mera
abstracción sino de la elección reducida de elementos esenciales tomados
del mundo objetivo. No obstante, como ha señalado oportunamente el
crítico Mario de Micheli:
Eran la conciencia, el espíritu, la verdad interior los que debían
enunciar en el cuadro su realidad de armonía y de rigor como respuesta
al desorden del mundo objetivo (1966).
No era, por supuesto, un movimiento unánime, pero compartían en común
el proyecto utópico de desarrollar un arte realmente abstracto que
posicionaron como un estilo internacional caracterizado por la
abstracción, la fuerte reducción de recursos plásticos y la geometría.
Así las cosas, una maqueta de arquitectura para una casa particular
como la realizada por Theo van Doesburg y Cornelius Eesteren en 1923 —en
madera y plexiglás— o una silla —como la diseñada en 1918 por el
arquitecto Gerrit Riedveld— podrían ser consideradas esculturas.
Volitivamente Mondrian y De Stijl eliminaron también la
línea curva, residuo de lo que creían confusión del espíritu procedente
del barroco. Por lo tanto, las rectas verticales y horizontales debían
ser el único medio estilístico de lo que Mondrian bautizó como
neoplasticismo en tres sendos artículos publicados en 1919.
Pero la diversidad le pasó la factura al movimiento. Mondrian rompe
con van Doesburg y de Vantongerloo hacia 1925 por algo más que una
disputa formal. Van Doesburg introdujo en sus obras la línea inclinada y
Vantongerloo la línea curva en sus esculturas lo que marcaba un
retroceso a lo que Mondrian consideraba las fuerzas arbitrarias de las
pasiones y el individualismo, el origen de los males modernos.
Mondrian no reaccionó emocionalmente, sino racionalmente. Basado en los principios neoplasticistas que el movimiento De Stijl
sustentaba, recordó que la línea inclinada y la curva calificaban como
invariantes impidiendo la construcción de un lenguaje los más objetivo
posible. En otras palabras, no eran necesarias. Lo demostró
concretamente ante van Doesburg utilizando una tela cuadrada, fijada en
la pared por uno de sus ángulos, resolviendo el problema con la
diagonal, sin variar las premisas estructurales del ángulo recto.
Doesburg prefirió polemizar con Mondrian y publicó en el décimo
aniversario de la revista:
Si la idea de De Stijl se limitara a una concepción totalmente
dogmática, absolutamente estática, resultaría estéril, excluiría toda
posibilidad de desarrollo y en el futuro sería considerada como un
documento sin fruto del error humano por falta de vitalidad.
En consecuencia, lanza en 1927 su propio estilo llamado elementarismo que se puede apreciar en obras como Contracomposición XIII, un óleo de 1925-26 o sus proyectos arquitectónicos como el completado con Jean Arp en Estrasburgo, Francia en 1927.
Con un enfoque más sistemático lejos de la pintura intuitiva del
neoplasticismo, la muestra en Madrid incluye la «Composición emanada de
la hipérbole de equilibrio xy=k con acuerdo de vert et rouge», realizada
por Vantongerloo en 1929. Es una obra que parte, como lo indica su
título, de una formulación matemática.
Las dos últimas salas de la muestra están dedicadas a las últimas
etapas en la carrera de Mondrian. Paradójicamente, ya en 1922, el
artista y teórico consideraba que el experimento abstracto había acabado
a pesar de que De Stijl había afirmado el neoplasticismo como un estilo internacional, pese a sus divergencias internas.
Pero, de todas maneras, siguió investigando con su reducido
repertorio de recursos visuales para descubrir nuevas oportunidades
compositivas posibles como, por ejemplo, sus series engarzando formas de
finales de los veinte que terminó sustituyendo la década siguiente con
un equilibrio dinámico, más clásico, como se nota claramente en su Composición C (No. III) con rojo, amarillo y azul un óleo terminado en 1935.
Bauhaus y la persecución
Si bien, Mondrian y Doesburg se reconcilian en 1929, el movimiento
entra en declive hacia fines de los treinta entre otras razones por el
trágico fallecimiento en Suiza en 1931 de Van Doesburg, quien era el
motor de este; el fin del optimismo generalizado en relación con la idea
de un nuevo mundo ante la expansión del totalitarismo y las tendencias
figurativas que vuelven a imponerse. Con excepción de Mondrian los demás
artistas del movimiento tuvieron poco o ningún reconocimiento en el
panorama artístico internacional posterior.
Tras su ruptura, Mondrian dejó de colaborar con De Stijl,
pero se acercó en cambio a la Escuela Bauhaus de Walter Gropius, en
Weimar, Alemania, que se había convertido en el principal centro de
experimentación con la abstracción relacionándola en gran escala con la
arquitectura y las artes aplicadas.
La Bauhaus creo un espacio de respeto y entendimiento en común para
movimientos tan diversos como el constructivismo, el suprematismo, el
neoplatonismo, y el movimiento de Der Blaue Reiter liderado por Kandinsky y Franz Marc.
En 1933, con el advenimiento de movimientos totalitarios en Italia y
Alemania, la Bauhaus es obligada a cerrar sus puertas por el emergente
partido nazi que combate por todos los medios la experimentación
abstracta. Muchas de las obras de artistas modernos en colecciones
alemanas y catálogos vanguardistas son confiscadas y expuestas como
escarnio público en la muestra Arte degenerado que tiene lugar a fines de 1937 en Múnich.
Joseph Goebbels, ministro de propaganda del nazismo, fue el
responsable de articular la purga del arte abstracto y expresionista,
que terminó incluyendo la obra de Mondrian como «degenerada». En el
discurso público se definió el arte degenerado como aquel que:
Insulta la sensibilidad alemana, o destruye o confunde las formas
naturales o simplemente revela una ausencia de habilidad manual o
artística adecuada.
Primero en Rusia y ahora en Europa, comunistas y fascistas encuentran
una causa en común con esta persecución artística. Por lo tanto,
Mondrian huye a Inglaterra donde permanece refugiado entre 1938 y 1940,
pintando y escribiendo.
¿Nueva espiritualidad?
Es entonces cuando escribe un ensayo titulado ¿Una nueva religión?
donde declara que tanto el autoritarismo nazi como el soviético buscan
establecer una religión opresiva como la tradicional. Por ello, declara
que:
El nuevo arte es el viejo arte libre de toda opresión… De esta manera
el arte se vuelve religión. La nueva religión es fe en la vida. La
nueva religión es para aquellos capaces de abstracción.
Como ha explicado el crítico y poeta, Donald Kuspit, Mondrian se
educó a sí mismo «en el arte puro para evitar y controlar su ansiedad
aniquiladora, esto es la ausencia de fundamento de su existencia y del
arte en el mundo moderno» (Conferencia Getty, 2000) En otras palabras,
para Mondrian la religión es la alternativa positiva a un mundo de
absoluta negatividad. La espiritualidad del neoplasticismo significa
vencer al materialismo moderno.
En palabras de Mondrian:
Bien ejecutadas, las obras de arte puramente abstracto seguirán
siendo totalmente humanas… no porque su apariencia no sea naturalista.
¿Significa esto el fin del arte? No hay nada que temer. ¿Qué es esto
—aun distante— del fin del arte, sino la liberación de la humanidad del
dominio de lo material y lo físico, que nos acercará a un tiempo de
equivalencia entre la materia y el espíritu?
Convencido de que el arte abstracto dará fe, esperanza y caridad a la
humanidad, se traslada a Nueva York en un crucero que navega
peligrosamente en la oscuridad debido a la guerra submarina y el bloqueo
naval articulado por Alemania contra Inglaterra. Lleva consigo
diecisiete pinturas que había realizado durante su estancia en París, en
las que superponía densas cuadrículas de líneas horizontales y
verticales como puede apreciarse en la muestra de Madrid con el óleo Cuadro II (1936-43).
Fin de la utopía
En Nueva York es recibido como un héroe del arte moderno. Allí
desarrolla una visión utópica del mundo integrando la mezcla del arte y
el jazz que experimenta, finalmente propone un modelo de apertura
progresista. A pesar de su fama, su obra es incomprendida por mecenas
como Peggy Guggenheim, que pide al pintor Jackson Pollock su endoso para
promover a Mondrian, quien realiza su primera exposición individual en
Nueva York en 1942.
En su estudio de Manhattan, que recrea en su concepción su espacio en
París, su obra se vuelve más dinámica en su abstracción. Por las
noches visita Harlem para escuchar sesiones de jazz —con artistas como
Duke Ellington y Thelonious Monk disfrutando de su sonido percusivo y
fracturado— luego continúa bailando y flirteando.
El resto del tiempo trabaja hasta el último día en una pintura.
Empieza a cambiar en esta última etapa al introducir en su lenguaje
visual bloques de pintura de color que se movían libremente en el plano
alterando el ritmo de su expresión.
Ya había argumentado en 1919 en su obra Realidad Natural y Realidad Abstracta
que «toda pintura es compuesta de línea y color… que deben ser
liberados de la esclavitud de la imitación de la naturaleza para
permitirles que existan por sí mismos». El arte entonces no es no la
expresión de la apariencia de la realidad, sino que es la expresión de
la verdadera realidad y vida, «indefinible pero realizable».
Mondrian estaba convencido de que la abstracción geométrica crearía
una «belleza profundamente humana y rica» con base en la armonía,
precisión y equilibrio propuesto por el neoplasticismo; sería para una
audiencia compuesta por seres humanos serenos y libres de dramatismo.
Mondrian remueve el gris de su pintura conforme supera su melancolía,
pero el color negro solo es eliminado en sus últimas pinturas en Nueva
York, esto es, hacia el final de su vida.
Pero su «pequeño proyecto» como llamaba a su indagatoria en la
abstracción es abruptamente interrumpido. Mondrian muere de neumonía a
la edad de 71 años en 1944 y deja inconcluso en su caballete su obra
maestra final Victoria Boogie Woogie que refleja con sus rítmicos diamantes sobre la tela el jazz y la promesa de una América de posguerra.
El ideal racionalista y espiritual, no confundir con científico, de Mondrian y De Stijl
fue rotundamente contradicho por la historia del arte posterior. El
fascismo y el comunismo como filosofías autoritarias levantaron un
pedestal a la irracionalidad y la Segunda Guerra Mundial propagó el
horror y la barbarie por todo el mundo. Hemos sido testigos desde
mediados del siglo XX de la victoria de la intuición sobre la razón y de
lo informal sobre lo formal.
Sin embargo, Mondrian a la cabeza de artistas pioneros en la
abstracción geométrica como Ligia Clark, Josef Albers y Max Bill, entre
otros, ha logrado resistir la dilución ante la popularización comercial
de su legado iconográfico, aunque su utopía haya sido solo eso.
Como ha dejado claro Umberto Eco en su colección de ensayos La definición del arte
(1963) la producción artística consiste en un «intentar», un proceder a
través de propuestas y esbozos; pacientes interrogaciones de la
«materia». Para intentar se demanda criterio sólido: «el presentimiento
de la solución […] la intuición de la forma» y por eso la contribución
de Mondrian y De Stijl no se diluirá sin importar la banalidad con que lo aproveche la sociedad materialista que intentó cambiar con arte.
Amigo Julio un excelente artículo que doña Emilia a los cien años de su muerte que se merece, era una mujer de armas tomar a pesar de su estrabismo en los ojos, amiga y amante en Madrid de nuestro gran escritor Vicente Blasco Ibañez. Un abrazo, Ramón.